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19.8.20

La mirada...



  Pingüi y dientes de león
Puntillismo de tinta china


Él sabía que sus ojos eran especiales: grandes, con pestañas que abanicaban el aire; sabía usar perfectamente esa mirada hipnótica tan suya


Desde niño supo que ese era su mayor atractivo. Conseguía lo que quería, simplemente con quedarse mirando fijamente a las personas. 
En el colegio se salvaba de los castigos. Bajaba la mirada al suelo y luego miraba al profesor de tal manera que quedaba sin aplicar el castigo. Ya en la adolescencia sus conquistas fueron interminables. Ninguna chica se le resistía.  Miraba a las chicas lentamente de abajo arriba y se paraba en sus ojos. Luego todo,  consistía en pedir o en tomar. 


Hasta ayer...


Mientras iba al trabajo en el tren de cercanías,  jugaba a inquietar a las viajeras. Las miraba y esbozaba una sonrisa. Siempre recibía otra por respuesta. Menos ayer
La chica se percató de su presencia,  pero ni le sonrió ni agachó la cabeza como las demás, es más: ni se inmutó. Hizo otro intento, pero la mirada de la chica iba al infinito, transpasándole como si fuera invisible.


En la siguiente estación, ella se ha bajado, un instante después lo hizo él. La ha seguido pero sus ojos, por primera vez se han perdido entre la multitud. Ese día se sintió ya para siempre, uno más. 
Nunca supo que esa chica llevaba un bastón blanco

3 comentarios:

  1. Pobre! creyó que había perdido ese mágico poder!... bella historia que me hizo soltar una sonrisa. Por cierto, me encanta la imagen que encabeza el escrito. Onírica e inocente, plasmada con gran poesía. Un abrazo

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  2. Pobrecito, ese final de bastón blanco se me ocurrió. Pero me ha encantado igualmente. La mirada potente, sirve siempre.

    Un abrazo

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    1. Era previsible, el D Juan que se siente como un trapo al fracasar

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