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22.8.17

Su perfume






Entré en la plaza, era muy grande. 

Cuadrada.
Perimetrada con soportales 

Arcadas de herradura que protegían los cuatro puntos
cardinales de un sol de justicia.
En el centro una fuente de limpias aguas, de la que partían cuatro canalillos

Observaba el transcurrir de la gente, sumidos en sus propias sombras, algunos con bestias cargadas ;otros escondidos bajo de sus chilabas.

A lo lejos de la plaza se perciben azoteas escalonadas, sinuosas calles estrechas, que azulean su blancura de cales. Empedrado desigual de guijarros de cantos rodados
machacados por las ruedas de los carros tirados por asnos o mulas.
Muy al fondo la línea del mar con su abrazo azul con el cielo.

En cada cuadrante que la fuente parcela con sus canalillos, crecen los naranjos alineados. Debajo de las arcadas y protegidos del sol, los puestos
y tenderetes del mercadillo.

El olor de azahar se mezcla con el de azafrán, el sésamo o el orégano.


Todo fluye en armonía


A pesar del calor la plaza es un hervidero de mujeres, hombres y de niños corriendo

En la esquina sur entre sombras de buganvillas 

que se mecen a la brisa más suave. 

Bajo la sombra su se arremolinan personas en un riguroso silencio. 

Sentado sobre una piedra a manera de bancada, un anciano de ojos negros e incisivos, con la facilidad que dan los años de oficio palpa el pecho y la barriga a un joven que tumbado en el suelo bocarriba, mantiene sus ojos en blanco. 

La barriga del joven suena como una sandía madura bajo las manos del curandero

Un tableteado de herraduras irrumpe en la plaza. 

No menos de veinticuatro jinetes nubios

montados sobre jacos negro azabache, entran en dos filas.

Soy el único occidental, y aún con chilaba mi tez me puede delatar. 

Busco la sombra protectora
de una de las columnas.



Turbantes carmesí, largas túnicas blancas, sobre trajes de cota de malla negra. 

Calzan sandalias de trenzadas correas .

En el costado el largo y curvado alfanje envainado entre cueros y dorados metales, meciéndose al ritmo del sus cabalgaduras.
Brillan las armas, brillan sus yelmos de aguerridos Köktürks , los temidos guerreros turcos.
Se alejan, y aún así en la lejanía el filo de sus armas y las patas de los animales hacen sentir su fuerza latente y su fiereza.

Es justo el momento de más bullicio, cuando desde el minarete, el almoacin llama a la oración.
Todos se vuelven hacia la Meca y genuflexos bajan su mirada al suelo.

En ese momento siento una brisa que me hiela la sangre.
Me giro y veo la joven más hermosa que recuerda mi mente.
Estoy en su trayectoria. 

Sólo yo puedo verla al mantenerme de pie y mirándola.
Los ojos , esos ojos que ya nunca olvidaré se clavan en los míos.
La sonrío
Cuando llega a un paso de mí, detiene su caminar. 


Sopla sobre mis labios, su aliento es dulce y cálido
Tiendo mi mano para coger la suya
Mi mano transpasa su cuerpo
Prosigue su andar y en su caminar, atraviesa limpiamente mi cuerpo


Me impregno de ella  y de su perfume


En una fracción de segundo tengo vivencias se días, de años, de siglos juntos

Caigo al suelo incapaz de sostenerme
Desde allí veo cómo la joven atraviesa los muros de la casona cercana.
Luego:
Nadie puede decirme nada sobre la joven cuando pregunto

Hoy mientras regresaba de trabajar, sentí esa misma brisa cálida y perfumada
que ella emanaba en el encuentro de la plaza 


Ella me dió todo; pero vació para siempre mi espíritu, ya ninguna manifestación sensitiva
tiene sentido para mí, sólo me queda esperar que ella 
me encuentre, de nuevo
Ofelia IX, tintas

1 comentario:

  1. Impecable tu detallado relato nos ubica en tiempo y lugar, cargado de imágenes sensoriales que nos despiertan los cinco sentidos. Quizás el de la fragancia sea el recuerdo que más íntimamente permaneces.Ha sido un placer pasar a leerte. Un fuerte abrazo

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