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25.12.16

El costurero de los hombrecillos






Hace tanto tiempo que no puedo precisar cuánto, sucedió…Dejadme un sitio entro vosotros, os lo contaré. Paula era vecina de mi abuela, allá en Gredos, habían sido, amigas, además de vecinas, no existían secretos entre las dos.
Lo que os voy a contar, sé que es difícil de creer.  Eso mismo me ocurrió a mi cuando mi abuela nos lo contó.
Paula contó a mi abuela Lorenza algo que la ocurrió siendo moza. Regresaba sola de regar la huerta del soto cercano al río. Cuenta Paula, cómo asustada vio escondida entre zarzales lo que ocurrió entre un hombre vestido con traje negro y un gigante de voz de trueno, grande y alto como el campanario de la iglesia.
"Alto ahí, no des un paso más" gritó el hombre de negro al gigante- "¿Quién eres tú para dirigirte a mí de esa manera" – contestó el gigante- "cómo te agarre te trituro", dijo con un torrente de voz. "Soy la Muerte "contestó el señor vestido de negro- "Nadie me contradice, y tú seguirás mis órdenes"
El gigante soltó una carcajada, dio dos pasos hacia el señor de negro y de un puñetazo, le dejó atontado a un lado del camino. El gigante siguió su camino. Paula que había visto todo, se acercó tan despacio que pudo escuchar al señor de negro decir:  "Debo reponerme, si me paro aquí, nadie moriría en este mundo y pronto estaría tan superpoblado que tendrían que subirse los hombres unos encima de los otros."
A Paula la pareció gracioso aquello que soltó una carcajada, tendió su mano para ayudar al señor vestido de negro. "Gracias por la ayuda," mira, prosiguió el señor de negro, "soy la Muerte, y en premio a que me has ayudado no te llevaré conmigo ahora…Es más, cuando vaya a hacerlo antes te pincharas con una aguja ,el dedo índice como señal que voy por ti." Y se fue
Paula se lo contó a mi abuela Lorenza
Pasaron los años, y en los veranos de mi niñez, recuerdo a Paula, siempre malhumorada, pero cariñosa a la vez, siempre cocinando. Paula tenía un costurero cuadrado, con tapa a manera de tejado de una casa. Decenas de veces intenté levantar la tapa del costurero para ver su contenido. Siempre un manotazo cariñoso y un ssshhhhhhhh 
Rodolfo, eso no se toca !!, interrumpía mi inspección curiosa.
Yo imaginaba que en esa casita-costurero vivían seres diminutos, sin poder ver el sol ni las montañas. Una vez conseguí a solas acercarme y tenerle entre mis manos, estaba cerrado con llave, sólo pude ver una tela azul con lunares blancos.
Pinté con mi boli una puerta en uno de sus lados y ventanas en las demás, para que esos seres que allí vivían pudieran ver el sol y las montañas. Paula se enfadó conmigo cuando lo vio.
Tres años después de eso, una tarde me llegó el olor a carne quemada, que provenía de la casa de Paula. Miré por la ventana, Paula estaba en el suelo, el fogón encendido, sobre él una parrilla con un filete tan abrasado que era carbón.
Corrí a avisar a mi abuela Entramos todos corriendo para ayudar a Paula. Mi abuela puso su mano como barrera para que no me acercara a Paula. Supo en seguida que estaba muerta. Su corazón debió fallarla…y además, tenía una aguja clavada en el dedo índice de su mano derecha
Miré en el aparador, la casita-costurero, estaba abierta. Hilos, tijeras, dedales, ovillos de distintos colores…
Sonreí: Comprendí que los hombrecitos habían tenido tiempo de huir para vivir en libertad entre los pinares de Gredos.

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