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2.6.16

Miradas



De siempre deseé una de esas miradas se cruzan en tu camino. La de  una mujer de ojos intensos  y almendrados,  de mirada profundamente chispeante y soñadora. Esa mirada que te lleve a  sueños, que te conduzca al insondable misterio de la poesía, de la canción de los árboles, de la suave caricia del mar, el sabio susurro de las estrellas…

Esa mirada que  me hizo emprender un viaje que me llevó lejos, muy lejos, más allá de las nieblas y el olvido, que me llevó a conocer lo más hondo de mí mismo, la esencia de lo que fui, de lo que soy y de lo que pude haber sido… Desde que aquellos ojos entraron en mí ya nunca me he sentido solo. Ella jamás lo supo. Nuestro aquí y nuestro ahora no encontraron el camino, pero nadie podrá quitarme lo que me dio: la profunda emoción de vivir y saberme vivo.
Detrás de esas miradas habita esa tierra secreta de la que hablaba Robert Graves,

“Toda mujer de verdadera alcurnia posee una tierra secreta más real para ella que este pálido mundo exterior. A medianoche, cuando la casa está silenciosa, deja a un lado aguja o libro y la visita, invisible. Cerrando sus ojos, improvisa un portón de cinco barras entre altos abedules, salta por encima y toma posesión, luego corre, o vuela, o monta un caballo, (un caballo llegará al trote a salvarla) y viajará donde ella quiera; Puede hacer crecer la hierba, incitar a los lirios a mudarse de botón a flor mientras ella mira, dejar que los peces coman de su mano.
Ha fundado ciudades, plantado arboledas y bendecido valles por arroyos que corren frescos a una bahía cerrada. Nunca me atreví a interrogar a mi amada, acerca del gobierno de su reino o de su geografía, tampoco la seguí por esos álamos a horcajadas sobre el portón, espiando en la niebla.
Sin embargo, me ha prometido, cuando yo muera, un albergue bajo su palacio personal, en un claro del bosque donde crezcan las gencianas y los alhelíes y podamos, a veces, encontrarnos”
Sempiterno buscador de la belleza, no puedo menos que perderme en el calor de las mujeres de ojos tristes y soñadores.  Dejar entrar su mirada, es visitar su tierra secreta, esa que me habla de los mundos que pudieron ser, de los paraísos que perdimos, de los que, juntos, habríamos recorrido si los idus hubieran entendido de aquís y ahora.
Es tanto lo que esos ojos me han mostrado, tanto lo que me han dado…aunque ni siquiera lo sepan 

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