Páginas vistas en total

2.3.16

La leyenda de Olimpia Pamphili





Según cuenta la leyenda, cuando la ciudad  de Roma duerme, podemos ver a  Doña Olimpia, que atraviesa al galope el Puente Sixto hasta zambullirse en el río Tíber con su carruaje lleno de monedas.

( Encontrado en Internet, escrito por Lucía del Mar Pérez)


   Mientras  disfruto del atardecer, camino por una de mis ciudades favoritas: Roma, la ciudad eterna. Me adentro en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, allí donde el ocaso es especialmente bello, cuando la luz del sol torna rojizas las fachadas de sus palacios: Piazza Navona. 
     La plaza ha tenido siempre una peculiar forma elíptica debido al hecho de que las casas medievales, para ahorrar en los gastos de los cimientos, fueron construidas sobre las antiguas escalinatas del circo de Domiciano. Estas casuchas fueron paulatinamente sustituidas por palacios. Surgieron alrededor de la antigua pista de competición (agone), que después se fue transformando en navone en recuerdo de las naumaquias, los juegos navales que se desarrollaron en la plaza llenándola de agua, y que se abolieron a mediados del siglo XIX.  En 1477 se convirtió en el corazón de la ciudad, cuando se trasladó allí el mercado que anteriormente se situaba en las laderas del Capitolio. El mercado Piazza Navona estaba dividido en dos áreas: al norte, se situaban los puestos de los judíos, y al sur, los de cristianos. Eran numerosos los alfareros, los caldereros y célebres grabadores. No faltaba nunca en una esquina el potro de tortura para infligir los castigos a los comerciantes estafadores. La plaza era también un gran teatro para fiestas,  torneos y procesiones de todo tipo.
      Pero en el siglo XVII la fisionomía de la plaza iba a cambiar radicalmente, con la llegada de una mujer que no dejó indiferente a nadie: Olimpia Pamphili.  Nació en mayo de 1594, en Viterbo, provincia del Lacio, situada a unos setenta al norte kilómetros de Roma. Fue una mujer de orígenes modestísimos (su padre era contratista aduanero). Nadie hubiera dicho que esta mujer acabaría teniendo tanto peso en el gobierno de Roma. Siendo adolescente fue obligada a ingresar en un convento, pero no tenía ninguna intención de ser monja. Apenas tuvo ocasión se fugó de allí. Fue localizada por un fraile, a quien se encomendó también la misión de llevarla de vuelta al convento. Olimpia aprovechó la ocasión para acusarle de haber intentado forzarla (todo mentiras, por supuesto) y así el pobre fraile dio con sus huesos en la cárcel, al tiempo que ella se dedicó a buscar un marido rico. A pesar de no ser una gran belleza, tenía los cabellos rubios y era inteligente y agradable. Así consiguió casarse en primeras nupcias con un anciano y rico prohombre de Viterbo, que a los tres años le hizo el favor de fallecer, dejándole una  pequeña fortuna. Con los bolsillos llenos, podía aspirar a emparentar con las familias nobles de Roma. Logró engatusar al anciano Pamphilio Pamphili, se casaron, y se instalaron en el Palacio Pamphili en Piazza Navona. Es allí donde Olimpia encontraría su pareja ideal, su compañero de fechorías: Giambattista Pamphili, hermano de su marido. Este, con cuarenta y dos años y un pasado libertino, había sentado la cabeza, emprendiendo la carrera eclesiástica e ingresando en el colegio cardenalicio de la mano de los Barberini y su papa, Urbano VIII. Enseguida se estableció entre ambos una relación especial, de confabulaciones continuas, de modo que pasaba más tiempo con su cuñado que con su propio marido. 
       En 1639 murió Pamphilio y la viuda se convirtió en dueña y señora de la Casa Pamphili. El populacho satirizaba sobre la pareja, que eran llamados “Doña Pimpa y Don Pasquale”. Pronto llegaría su oportunidad: la muerte del papa Barberini, Urbano VIII.
        Un mes y medio después de la muerte del papa y tras haber movido en el cónclave  todos los hilos de los sobornos y chantajes, Olimpia consiguió sentar en la silla de San Pedro a su cuñado Giambattista, que pasaría a la historia como Inocencio X.  Este hecho supuso el inicio del dominio de Olimpia sobre la ciudad de Roma: apenas se instaló el pontífice en el Vaticano, apareció ella para verificar que todo estuviera en orden, controlándolo por mano propia, incluso la cama del Papa.  Acto seguido, hizo nombrar a su hijo cardenal. La clara influencia que ejercía sobre el papa siguió siendo motivo de escarnio por parte del pueblo. Pasó a llamarse Pimpaccia, (en italiano, nombre muy despectivo). Los romanos comenzaron a detestarla: asumió el papel de consejera privada del Papa y se apoderó completamente de la gestión del Vaticano: elegía el menú, realizaba las compras (llenando sus bolsillos con las comisiones). No había favor, nombramiento o decisión que no pasase por sus manos, y que no costara mucho dinero a quien solicitase el trámite. La codicia de Olimpia alcanzó su cénit durante el Año Santo de 1650. Llegaron a la ciudad alrededor de setecientos mil visitantes. Para la ocasión la Pimpaccia ya se había apropiado de un número considerable de alojamientos, por lo que recaudó una inmensa fortuna.
     A pesar de los excesos de nuestra protagonista, debemos agradecerle su intervención para la reforma de Piazza Navona. Hoy podemos contemplar  dos obras maestras: la fuente de los Cuatro Ríos, de Bernini  y la iglesia de Santa Inés en Agone, obra de Borromini. La rivalidad entre ambos artistas era ampliamente conocida. Bernini  había sido el favorito del papa anterior, quien le había encargado numerosos trabajos de remodelación urbana, tan en boga en las cortes europeas del siglo XVII. Pero el nuevo papa prefirió a Borromini. Bernini parecía acabado. El proyecto de la fuente de la plaza fue asignado a Borromini. Pero Bernini era un hombre astuto, y conociendo las debilidades de la cuñada del Papa, le obsequió con golosos regalos, entre ellos una maqueta realizada en plata maciza de la Fuente de los Cuatro Ríos. Cuando el papa la vio no dudó en encargarle el proyecto. En 1651 se erigió majestuosa la fuente: un gran obelisco central rodeado de cuatro gigantes que simbolizan los cuatro ríos conocidos por aquel entonces: El Danubio, el Ganges, el Río de la Plata y el Nilo, con el rostro cubierto, porque en la época se desconocían sus fuentes (según el pueblo, en cambio, tiene el rostro cubierto porque el velo expresa el desprecio de Bernini por la iglesia de Santa Inés, situada justo enfrente). Santa Inés en Agone, fue construida por Borromini, ya que Inocencio X respetó el encargo que le había hecho. 
         A pesar de los beneficios del mecenazgo de Olimpia, fueron más los perjuicios que causó al pueblo romano. En 1654 su cuñado el papa enfermó gravemente. Olimpia entendió que su final estaba cerca, y desde ese momento cada noche atravesaba el Puente Sixto con su carruaje: transportaba desde el Vaticano a su palacio todo cuanto pudiera robar diariamente de la corte pontificia. En 1655 el papa murió. Y ella, que incluso se había apoderado de algunas de las cajas de oro que tenía el pontífice bajo el lecho, no quiso pagar los gastos de los funerales: sus restos mortales fueron abandonados en un almacén en el que los trabajadores vaticanos guardaban  sus herramientas, hasta que, por motivos higiénicos, fue introducido en una simple caja de madera para darle una sepultura provisional. Solo veintidós años después Inocencio X tuvo una sepultura digna en Santa Inés. Con la elección del nuevo papa, Alejandro VII, la Pimpaccia cayó en desgracia: fue desterrada y obligada a devolver todo lo robado. Olimpia huyó de la ciudad a escondidas, por temor a los insultos del pueblo. Murió en San Martino de peste a la edad de sesenta y tres años.
 Según cuenta la leyenda, cuando la ciudad duerme, podemos ver a  Doña Olimpia, que atraviesa al galope el Puente Sixto hasta zambullirse en el río Tíber con su carruaje lleno de monedas.

1 comentario:

  1. Interesante historia.
    Toda una antecesoras de las villanas de comics y de las mujeres fatales de la novela negra.

    ResponderEliminar