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24.2.16

Cinco más uno: tres de media






Fue en mi adolescencia, apenas veinte años cuando...

No podía controlar mis nervios al verla pasar con la compra. Cuando sonaba el móvil –una sola llamada- sabía que podía subir. Nunca me crucé con ningún vecino, nadie me preguntó.
Temblaban los cristales, se escuchaban pisadas en el rellano.-
¿Nos quitamos la ropa?- y era el abrazo ansiado. 
Tendido sobre la dulzura de su cuerpo el mundo era otro, fértil y húmedo, acogedor. Susurraba en mi oído palabras que no entendía, la cabeza se me llenaba de deseo y calor, de tentaciones, de una marea de ternura que me dejaba sin fuerzas, aprisionado en su piel que era mía, convertido en esclavo de mis labios, de mis dedos, del ardor desmedido de amarla sin límites. 
Besaba mis párpados con una dulzura tal que aún con los ojos cerrados podía ver más allá del cuarto en penumbra dónde nos juntábamos, en silencio, en un milagro en el que todo era posible, bello, nuevo.
Nunca tuve en cuenta la diferencia de edad, sólo podía pensar en su cuerpo. No entendía nada en lo que no estuviera ella, ni el saludo amistoso de su marido, ni su relación con mis padres, ni la ingenuidad de su hijo pequeño
Fue ese hijo el que nos descubrió, una mañana de Mayo. 
Final de la historia, intenso drama familiar incluido.
Han pasado once años. Hoy la he vuelto a ver, nos hemos cruzado cerca del mercado, caminaba con lentitud, no se ha fijado en mi. Me he acobardado, he pasado de largo, me ha parecido una mujer tan mayor. Tampoco yo soy el mismo joven
Pero algo se ha movido en mi alma. Me he girado y desde la esquina la he buscado por las estrechas calles del Casco Viejo. Nada.
He vuelto a casa con un sabor amargo. 
Ella me enseño el abecedario dar y recibir el placer más auténtico



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