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14.10.15

Triángulo imperfecto





Javier había dicho a María, su esposa que tenía una cena de trabajo. Otras veces había sido una reunión, un aviso urgente, un congreso. Un fin de semana de negocios, o una conferencia en Berlin, nada importaba con tal de tener licencia para evadirse.

Javier nunca había tenido un gran sentido de la fidelidad. María, su esposa, se lamentaba de que los problemas hubieran llegado tan pronto a su relación. Eran una pareja joven, sin hijos. María sospechaba que Javier tenía una amante. Ella sabía que su marido le había sido infiel en otras ocasiones, pero esta vez era distinto. Lo supo porque él empezó a cancelar citas importantes. No olvidó el día en que se conocieron; envió rosas, pero no estaba allí.

Hoy era su aniversario. Hoy cinco años de casados. Javier lo sabía y, como hiciera en las anteriores ocasiones, le había preparado crema de calabacín, berenjenas rellenas gratinadas y queso de cabra. Pero enseguida anunció que se marchaba, y que no podría venir a cenar: Tenía una cena de empresa.

María estaba en lo cierto, esta vez era distinto. Javier no podía dejar de pensar en Alejandra. Hoy hacía un año desde que se habían conocido, e iban a cenar juntos. Como muchas otras veces, Javier aparcó su descapotable en la puerta del instituto, y esperó a que la chiquillería saliera. Y allí estaba Alejandra, entre la multitud, tan bella como de costumbre, con esa cara entre pícara e inocente que le había conquistado. Subió al coche de un salto, se besaron, y se alejaron de allí. Javier también era consciente de la situación. Lo que sentía por Alejandra no lo había sentido nunca antes. “¿Será esto lo que llaman amor?” - se preguntaba. Incluso había hecho que se replanteara algunas cosas, como dejarlo todo por ella. Alejandra apenas tenía dieciocho años. Javier sabía que su relación no podía funcionar mucho tiempo. Tampoco tenía excesivo interés en abandonar a su mujer. Después de todo, la quería, a su manera. 

Javier iba a llevara a cenar a " The Vintage Kitchen " el restaurante de moda de Dublin al que siempre iban juntos. Maria como regalo había comprado unas mesillas de noche de cristal para el dormitorio. Lo más moderno e innovador 
Alejandra no había pensado lo mismo sobre la cena en The Vintage Kitchen, le había pedido en varias ocasiones que la llevara a Beanhive  el restaurante de moda de la ciudad. Era un sitio caro, de hecho el más caro, y eso la hacía sentirse mayor, importante. Sabía que tenía a Javier a su disposición, que haría cualquier cosa que ella le pidiera. Beanhive  se encontraba a un par de manzanas del The Vintage Kitchen, en la misma exclusiva zona . En días señalados, sus respectivas colas podían llegar a converger. La rivalidad entre ambos restaurantes por alzarse con el favor de la crítica, la sociedad y las revistas gastronómicas era bien conocida en la ciudad.

Una vez hubieron traído la mesilla de precioso cristal, María comenzó a vestirse. Encendió la tele mientras terminaba de arreglarse. Todas las cadenas habían cortado la programación para ofrecer la misma noticia: había estallado una tubería de gas en el The Vintage Kitchen. María salió disparada sin siquiera ponerse los pendientes o perfumarse. Su marido estaba allí, podría haberle pasado cualquier cosa.

Y así habría sido, si realmente se hubiese celebrado la cena de empresa. Pero no existía tal cena. Alejandra y él salieron del Beanhive al oír la explosión. Se acercaron a preguntar, al ver el fuego y el humo. Javier cogió el coche y llevó a una asustada Alejandra a casa. Minutos después, llegó a su casa. Entró haciendo el menor ruido posible, y sin encender ninguna luz, para no despertar a su mujer, quien solía acostarse temprano.

No esperaba, por supuesto, el nuevo obstáculo que se hallaba en su camino. Tropezó con la mesilla y fue incapaz de recuperar el equilibrio. Cayó de espaldas y con estrépito sobre la nueva mesilla, fragmentándola en mil pedazos.

Quedó de cara al techo, un espejo en el que se reflejaba de lo más ridículo. Comprendió que estaba sobre los restos de una mesilla de cristal. Supuso que era el regalo de su mujer, y pensó en lo irónico de la situación. Intentó erguirse, pero el dolor era insoportable. Descubrió que, si no se movía, no le dolía. Sabía que tenía cristales clavados en el cuerpo, pero no si habían alcanzado algún punto vital. Estuvo un rato viendo frente a sí una figura casi inerte, inmóvil. Era consciente de que podía haber perdido la movilidad. También podría ser sólo un susto, algo de lo que reírse en los años venideros. O podía estar desangrándose. No lo sabía.

María llegó justo entonces al The Vintage Kitchen, a tiempo para descubrir, por boca de un bombero, que afortunadamente era pronto y estaba casi vacío. No había habido supervivientes. Desconsolada, María preguntó por la cena de empresa, pero el bombero insistió en que apenas sí había clientes. Extrañada, María llamó a su marido al móvil.

Javier oyó una sirena a lo lejos. Imaginó que su mujer había llamado a una ambulancia al verlo tendido en el suelo, pero no la veía por allí.

María desistió. Javier no atendía su llamada.

Javier dejó de oír la sirena. Nunca llegó a saber si iba a morir o no

1 comentario:

  1. Los trios nunca terminan bien, ya ves, solo hay que leer tu historia. Muy bien enlazada de principio a fin.
    Un abrazo.

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