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15.10.15

La casa de Isabella




En la casa de Isabella se juntan huéspedes de lo más variado
Hoy, por ejemplo, hay tres señoritas rusas en una de las habitaciones. Isabella no está segura de la relación que tienen entre ellas, pero sospecha que son familiares. En el salón, un músico Irlandés toca el piano. Isabella no se queja, no toca mal, y le resulta divertido su acento. Dice que le da un aire entre distinguido y bohemio al conjunto. Puede tener razón. Si, sin duda

El pianista no está solo. En un diván próximo conversan tres caballeros con traje gris claro y corbata roja. Van vestidos exactamente igual, pero no son hermanos. Isabella finge prestarles atención cuando la observan, pero solo escucha cuando no reparan en ella. 

También hay una dama de elegante vestido negro. Lleva un tocado de época, destila clase por los cuatro costados. A Isabella le encanta esta expresión, y siempre la aplica a ella. No sabe a ciencia cierta si es suiza o italiana, pero recuerda que se llama Amelie. Fue la primera en llegar, por eso conoce su nombre. Con el paso del tiempo, cosas así dejaron de importarle. 
Cuando alguien viene a ella, todo lo que pretende es que esté cómodo, en un ambiente agradable, y desde luego en la casa de Isabella nunca falta de nada.

Hay estanterías barrocas con vajillas majestuosas, mesas con manteles de ganchillo que hizo su madre, sillas remedadas con sus propias manos. No falta ningún detalle. Incluso arriba, en el tercer piso, hay un desván que da al oeste. Por la tarde, el sol lo baña y un decorador español gusta sentarse en un sillón orejero a leer el diario.

Hay más gente en la casa de Isabella, y no en vano es una espléndida anfitriona. Cuida como nadie a sus amigos, como ella suele llamarlos, y eso se nota. En unos instantes hará una ronda por la casa para ver que todo está en orden antes de irse a dormir.

Isabella se acuesta temprano, y es lógico: tiene once años.

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