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20.10.15

El subinspector





 Los chalecos antibalas estaban en desuso, ahora una gran malla de grafito cubría todo el cuerpo de los pies a la cabeza, excepto los ojos. Este sistema supuso un antes y un después en la historia del crimen organizado.  Su producción era muy limitada y estaba controladísima,  por lo que conseguir estos trajes por lo ilegal era prácticamente imposible.

Eran buenos tiempos para la policía. Muchos quisieron sumarse al cuerpo, y muchos supieron aprovechar sus oportunidades. Uno de ellos, el mejor, era: él.

Había ascendido rápido en el cuerpo de policía. Ese chico, decían los viejos comisarios,  tiene algo, algo especial. Fue el más joven en llegar a subinspector  Joven, guapo, intuitivo y rebelde, las chicas se lo rifaban, aunque hay quien comentaba que mantenía una relación con una agente en prácticas.

En realidad estaba enamorado de su novia de toda la vida, más joven, más guapa y más rebelde, sin oficio conocido más que el de novia-de

No se podía quejar,  estaba a punto de cerrar un gran caso. Se encontraba frente a la puerta del mayor narcotraficante del estado, listo para entrar y ponerlo bajo el peso de la ley. 
Escoltado por diez de sus compañeros, dio una patada a la puerta.  A pesar de su rango quiso ser el primero en entrar, siempre hacía estas cosas. Una ráfaga de metralleta le cruzó el pecho de lado a lado y cayó de espaldas por el impacto. 

Le encantaba esa sensación. 
Desde el suelo oyó como un compañero abatía delincuente que había disparado 
Se levantó mientras recogían pruebas sus compañeros. 
En un minuto, cinco policías habían entrado en el dormitorio principal.  El ruido había cesado y nuestro hombre entró con sonrisa de ganador.

No estaba preparado para lo que vio allí. 

En la cama desecha, desnudos y de rodillas ante las armas policiales, encontró a su propia novia junto al hombre que buscaba. 
Apenas pudo interpretar esa imagen: Fue como si una " bala invisible" le atravesara el único punto débil de su cuerpo y un infarto paró para siempre su corazón

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