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27.9.15

Lúa y la gran luna roja



Lúa creció sola con su padre y no tenía ningún recuerdo de su madre. Tenía rumores, eso sí. Había quien decía que los lobos del bosque se habían aventurado hasta el exterior de la aldea, donde se hallaba su casa
Su padre nunca decía nada. No era muy hablador ni siquiera con ella. Tenía una mirada penetrante y el ceño siempre fruncido. Su barba y cabello eran negros como el carbón. Todo lo contrario que su madre, por lo que le habían contado. El pueblo no hablaba de ella con cariño todo lo que sabía de su madre. Tenía la piel del color de la nieve, decía siempre, y el pelo del de la sangre. Era una mujer dulce pero fuerte. No sabía nada más de ella. 
Lúa había salido más a su madre, excepto en el cabello, negro como una noche sin luna. Tenía la piel muy blanca y era de apariencia frágil
Sus compañeros se burlaban de ella. La llamaban huérfana, sin-madre. Las chicas decían que era la puta de su padre, con quien se desfogaba carnalmente por las noches ahora que no tenía esposa. El reverendo acallaba en seguida todos estos chismorreos, a los que Lúa estaba más que acostumbrada por otro lado. Siempre la había protegido, era casi como un segundo padre.
La relación con el reverendo cambió cuando lo hizo su cuerpo. Lúa ya no era una niña. Había crecido, sus caderas eran más pronunciadas. Sus pechos, más que generosos, notables bajo el blusón. Y sus nalgas, firmes y duras, comenzaron a ser objeto de deseo de muchos hombres.
Las chicas la odiaban, los chicos la deseaban. Y el reverendo aprovechaba la más mínima ocasión para tocarla con o sin disimulo.
Uno de sus compañeros le tocó el culo al pasar a su lado y el reverendo le dio una azotaina interminable. Estaba fuera de sí. Al final de la clase, solicitó a Lúa que se quedara un momento. Ella obedeció. Él le preguntó si era consciente de todo lo que hacía por ella. Se aproximó más de lo que querría, pasó un brazo sobre sus hombros. Ella quería apartarse, pero la tenía bien asida. Cuando vio cómo su mano se aproximaba a su entrepierna, lo apartó de un golpe y le gritó que no volviera a intentarlo. El reverendo estalló en furia y se quitó el cinturón, pero ella salió corriendo. 
Esperó un tiempo prudente y volvió a casa cuando ya había anochecido, dispuesta a hablar con su padre. Una muchedumbre se agolpaba a la entrada de su casa. Fue corriendo para ver qué sucedía. Se abrió paso entre el gentío. Toda la casa estaba patas arriba, y no había rastro de su padre. Al poco llegó el alguacil. Preguntó a todo el mundo, pero nadie había visto nada. Se habían aproximado al escuchar gritos. Eso era todo. Su padre se había desvanecido.
Pasó el tiempo Lo peor fue cuando el reverendo fue a visitarla y volvió a intentar propasarse con ella. Lúa cogió un cuchillo y le amenazó de muerte. "¡Te arrepentirás de este día!", dijo él encolerizado. Y llevó a cabo su promesa.
Era medianoche cuando derribaron la puerta de su casa y la aprehendieron. Lúa no opuso resistencia, sabedora de que no podría vencer contra un centenar de parroquianos fornidos y exaltados. El reverendo se puso frente a ella, mientras dos hombres robustos la sujetaban por los brazos, y le cruzó la cara con una sonora bofetada. Ella no se quejó. "¡No siente nada! ¡Está poseída!", gritó el vil manipulador. Ella le escupió en la cara y él rajó sus vestimentas Los machos gritaron de júbilo cuando vieron sus senos a la luz de las antorchas.
La llevaron frente a la iglesia, hasta un poste con un travesaño, donde afianzaron sus brazos en forma de cruz con unos grilletes. Lúa derramó una lágrima. Miró a las montañas distantes, a los árboles cercanos. ¿Nadie llegaría en su auxilio? Por fin miró al cielo, suplicando ayuda. Una nube oscura se hizo a un lado en el momento de la agnición y apareció una gran luna roja 
El reverendo, escoltado por dos brutos, llegó hasta ella, levantó la estaca y la apoyó en su pecho. Lo que vio entonces no podía ser más insólito para esa hora: Lúa sonreía. Sonreía mientras las piezas encajaban y comenzaba a comprender. Los grilletes,  se mostraron incapaces de contener los músculos inflamados y saltaron por los aires. El reverendo compuso una mueca aterrorizada mientras observaba cómo la licantropía inundaba al ser que tenía enfrente. Lúa ya no sonreía. Lúa ya no era Lúa. 
Un brazo poderoso y peludo cogió el tembloroso brazo del hombre y lo partió en un sordo chasquido. El reverendo ni siquiera gritó. Lo último que vio fueron las fauces de la bestia cerrarse sobre su cuello.
La multitud rompió filas. Los dos avanzados pagaron cara su intrepidez. De un solo zarpazo convirtió el cuerpo decapitado del más cercano en un géiser de sangre. El segundo ya huía de espaldas cuando vio cómo una garra brotaba de su esternón. Las antorchas abandonadas prendían fuego a la hierba. Los civilizados humanos corrieron por sus vidas hacia sus casas, mientras Lúa, con poderosos saltos, abandonaba para siempre la aldea. Hacia el bosque. Hacia la libertad.

2 comentarios:

  1. Hoy tenemos una enorme luna y pronto será roja, pobre del que se tropieze con Lúa.
    De regreso te saludo Rodolfo.
    Un abrazo.

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  2. Me alegro que haya escapado. La "humanidad" suele ser más bestial que la mas cruel de las bestias.
    Buen relato.
    Me encanta la ilustración que lo acompaña.
    Un abrazo

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