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28.9.15

1889 - 1955 o la mano que debió mecer la cuna





Cuando Amelie Von-Gaiamariam abrió los ojos, se encontraba en un amplio desván escuetamente amueblado. Una ventana daba al oeste dando paso a la luz de la mañana. Parpadeó, tratando de recordar lo que estaba haciendo escasos segundos antes. En ese momento, una figura humana se materializó a su lado. Era una mujer algo más joven que ella, de unos treinta años, ojos azules, llevaba el pelo rubio recogido en una coleta y su ropa era ciertamente indescriptible, más allá del color blanco.

- "Ya estamos", dijo la mujer.
+ "
¿Quién eres? ¿Dónde estoy?", replicó una todavía sorprendida Amelie Von-Gaiamariam
-
Quién soy no es relevante, y más que dónde deberías preguntar cuándo.
+
¿Cuándo?
- Sí, cuándo.
+ Estamos en 1955.
- No, ya no. Estamos en 1889. Y, acerca del dónde, estamos en Braunau am Inn.


Cuando Amelie Von-Gaiamariam abrió los ojos, la mujer seguía allí. Sus ojos azules la miraban con comprensión pero con dureza. Se encontraba en una vasta buhardilla 

Desde una ventana que daba a oriente se filtraba la luz de la mañana. Mientras la ayudaba a levantarse, la mujer habló:

- Te has desmayado.
+ Gracias, me encuentro bien. ¿Dónde estamos? volvió a preguntar
- Estamos en 1889.
+ Pero... eso es imposible. ¡Estamos en el año 1955!
- Ya no. Hemos retrocedido en el tiempo. Sé que te parecerá imposible de creer. En tu época, los viajes temporales eran inimaginables.
+ ¿Y qué hago aquí? ¿O qué hago entonces? ¿Para qué me has traído?


Por toda respuesta, la mujer le tendió una pequeña pistola. Amelie Von-Gaiamariam la tomó, insegura.

+ ¿Qué tengo que hacer con esto?
- En la habitación contigua se encuentra Adolf Hitler. No opondrá resistencia. Mátalo y evitarás todo el mal que ha causado al mundo.


Inmediatamente, la mujer se desvaneció tal como había llegado, dejando a Amelie Von-Gaiamariam con una pistola en la mano y mil preguntas en los labios. Su corazón había comenzado a acelerarse en cuanto escuchó el nombre maldito. No entendía nada, pero una puerta entreabierta parecía llamarla. 

La cruzó. Al otro lado había una habitación sencilla con una cuna de madera. 
En su interior se desperezaba un bebé de unos meses de vida. A Amelie Von-Gaianmariam se le cayó la pistola cuando llevó sus manos a la boca para contener una exclamación de sorpresa. Jamás lo había visto en persona, pero reconocía esos ojos, ahora inocentes, que la habían atormentado en sus pesadillas y a lo largo de su vida, que venía a ser lo mismo.

El bebé la miró con curiosidad. Amelie Von-Gaiamariam recuperó la pistola. Cerró los ojos y recordó a sus seis hermanos y sus abuelos, sus padres todos ellos asesinados por el Tercer Reich. Recordó las masacres mientras las lágrimas escapaban a sus ojos, recordó Auschwitz. El pequeño Adolf sonreía.  Amartilló la pistola, volvió a cerrar los ojos y apretó el gatillo.

 Swan, Isabella nunca encontraron explicación al insólito hallazgo de aquella mañana de diciembre del 55 : el cuerpo sin vida de una mujer con una herida de bala en la cabeza. Cambiaron de casa y lo mantuvieron en secreto hasta el fin de sus días.




2 comentarios:

  1. Siempre he pensado que, de ser posible, hubiese sucedido algo así. Alguien diferente al monstruo no hubiera podido matar a un bebé a sangre fría, por más que se supiese en qué se convertiría.
    Es que por ese mismo acto se convertiría en otro monstruo.
    Muy bien planteado.
    Un fuerte abrazo

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  2. Rara...pero me gusta mucho :)
    Besos!

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