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12.3.15

Ahí está la felicidad




Mi querida niña ven, que te cuente un cuento:
Sabes muy bien que la fortuna es ropa sucia que tiñe el cuerpo y pudre el alma. Sigue el ejemplo que tu padre en vida te dio. Ahí está la felicidad, en despojarte de esas haraposas ropas y abrigar con ellas a los necesitados

Había un hombre sentado en lo alto de una montaña, que todo lo contemplaba con los ojos vueltos hacia atrás 
Callaba observando absorto el vuelo cimbreante de una abeja grande,  reluciente, brillante. 
Los hombres llegaban agotados, casi ciegos, exhaustos… hasta la cueva en lo alto y le pedían consejo. 
Le traían presentes: oro, dinero… a lo que callaba, quedando las monedas en el barro, sobre el suelo… los valiosos papeles deshechos. 
Cuando hablaba era en frases cortas que no decían nada. 
Más eran silencios. Palabras asimétricas. 

Un día se oyó sólo un lamento. 

Llovía.


Era una mañana oscura, negra, mojada. Un hombre de educación exquisita subió a buscar medio enfermo una respuesta a su lado. Dejó junto al que estaba sentado un gran fajo de billetes y le oyó decir: 
"No traes algo caliente, tengo frío". 
Le dio su abrigo, y éste le contó al oído el secreto de la felicidad. 
Estaba entusiasmado... tanto, que emprendió el retorno sin descansar de su fatiga… ni tan siquiera tomar un té al resguardo del fuego. 

Feliz murió sobre un pelado ventisquero. 
Sonreía. 
Tan sólo… sonreía.

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