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18.1.15

La reencarnación de Lisette



Temblaba la luz de la vela
Lisette se encontraba recostada, apoyando sus brazos sobre la mesa, la mirada perdida en su llama. Vestía un blanco vestido de puro lino, sin hombreras, que la llegaba hasta las rodillas.  Atardecía y el sol había desaparecido entre las montañas piamontesas. Yo, desde la habitación del piso superior percibía el aroma, su aroma a jabón de tocador
...
Lisette sabía a mar Mediterráneo, su paladar, su saliva, sus besos, todo su cuerpo era puro Mediterráneo
La puerta de la habitación crujió cuando entré. Me acerqué hasta la vela, puse mi mano encima de la llama, aguantando hasta que casi mi piel huele a quemado luego me acerco a la ventana y sujeto con firmeza los barrotes, apretando hasta que mis nudillos quedan pálidos sin sangre
...
Lisette pasaba la mano por la llama y esta casi permanecía inmóvil. Una leve sonrisa le surgió, casi infantil, mostraba sus dientes blancos, que relucían a la luz de la llama en la oscuridad de la habitación.
Podría ser un juego más alegre si no fuera por lo dramático de la situación; aunque ella no se sentía mal, ni desolada, ni frustrada, quizás sola.  Sintió agradecimiento. Tantas noches la había acompañado en mil viajes al cielo y al infierno, tantos atardeceres como este le había contado cuentos 

Se levantó y se dirigió al fondo de la habitación donde había un piano de pared, ese en el que arrancaba las notas de Nefeli. Pasó los dedos por encima las teclas, sin presionarlas, sin hacer ruido. Se sentó en la banqueta de espaldas al piano, volviendo a mirar a la vela. Los pies separados, las rodillas juntas, y sobre éstas, apoyados los brazos, tal y como él la había pintado en su cuadro "joven sin rostro con tutú".
...
Empezaron a hacerse audibles los acordes tristes de un laúd y una guitarra, el sonido iba aumentando poco a poco, a pasos de procesión fúnebre.
Salí de la habitación manteniendo el silencio. Cuando me encontraba en la puerta, retrocedí sobre mis paso hasta que me encontré a la altura del piano. Acerqué mi mano a la tapa, y la cerré, luego introduje la llave en el bocallave, y la giré. Saqué la llave y no la guardé en el bolsillo, la mantuve en mi mano apretada.

Lisette se asomó entonces a la ventana, vio a unas veinte personas cargadas, algunos con velas, otros con instrumentos Cuatro de ellos, sostenían una camilla sobre la que yacía su cuerpo sin vida .  Se veía a sí misma preciosa, con el vestido de lino blanco.
Sobre su cabeza le habían colocado una guirnalda de flores amarillas y blancas, que se entrelazaban con laurel.
Aunque ya sin alma, su  cuerpo irradiaba esa hermosura que siempre le había caracterizado, unos labios carnosos que sobresalían sobre su barbilla, una nariz delicada ligeramente levantada, y esos pómulos de porcelana.
...
Aparecí, por la puerta de la casa, y me acerqué al cuerpo, le cogí de la mano y dejé en ella la llave.
Entonces sí, Lisette lloró.
Ambos sabíamos que íbamos a reencarnarnos en nuevos cuerpos para darnos otra oportunidad, como tantas otras veces en anteriores vidas.

2 comentarios:

  1. Tendrán su oportunidad, sus cuerpos están destinados a encontrase en esta y en cada nueva vida...

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  2. La esperanza nunca se debe perder.

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