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25.1.15

La espada, la joya, el espejo



Dudo de mi cordura o si todo fue un sueño del que no pude despertar. Lo que fuere dejó su huella en mí.
Llovía, era una lluvia generosa, fina, sin agresividad, que empapaba hasta los huesos. No entendía que hacía en medio de un lugar selvático, rodeado de grandes árboles que apenas dejaban ver las nubes, que apenas dejaban ver sus copas; me abría paso entre la maleza, nervioso y angustiado por lo inhóspito del lugar
caí al tropezar con alguna raíz. Presa del pánico comencé a correr, no sabía si trazaba círculos o me evadía en líneas trayectorias complejas. 
Inexplicablemente me encontré ante un claro en la vegetación. Un lugar de ensueño, lleno de numerosos de pequeños templos
En su centro un templo de madera de numerosos tejados superpuestos a diferentes aguas. Sólo tenía paredes al lado norte y al lado sur. Corrí a refugiarme de la lluvia.
Era de madera olorosa y rojiza de Ciprés, símbolo de la eternidad.
Un brillo, se posó sobre mis ojos deslumbrándome. Me aturdió al principio, cegándome, luego comencé a tener una visión en mi mente, lo que iba supuestamente imaginado, lo veía con la calidad de visión sensitiva.

Vi a el dios japonés Susanoo, cómo descendía del cielo yo era testigo mudo del acontecimiento. El dios encontró a un anciano que se dirigía a Izumo para entregar el tributo de una doncella virgen a el monstruo Orochi, dragón maléfico de ocho cabezas 
La doncella que debía entregar era sacerdotisa de la diosa del arroz Kushinada-hime. Susanoo se enamoró de la doncella, y propuso al anciano esposarse con ella a cambio de librar al reino de las tropelías del monstruo Orochi.
El díos llenó ocho barriles con sake y los colocó cerca de la cueva donde dormitaba la bestia. Al despertar y presa de una gran sed, cada cabeza se dio buen recaudo de su correspondiente barril de sake.
Una vez embriagada la bestia, Susanoo, cortó una por una de certeros tajos, las ocho cabezas. Hecho lo cuál, abrió la cola de la bestia y recogió la espada Kusanagi (El Valor), la joya Magatama ( La Benevolencia), y el Espejo Sagrado (la Sabiduría), que justo era el que me estaba haciendo " ver " esta historia cierta de los orígenes del Imperio del Sol y los tres atributos Imperiales.

Aturdido, salí del templo de madera rojiza olorosa de Ciprés, y regresé sobre mis pasos.
Cinco pasos por delante de mi andar, las matas, se abrían para cinco pasos tras mios volverse a cerrar sellando el camino a la Ciudad Invisible.

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