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7.12.14

La razón de la vida




Tu cuerpo desnudo revuelto entre las sábanas. El aire se ha vuelto espeso, aún huele a canela y sexo húmedo. Me levanto y abro más la  ventana permitiendo que entre una brisa fresca y renovadora. Vuelvo a la cama. 
Tiento tu hombro casi sin rozar con la palma abierta, bajo por tu brazo y toco tus dedos uno por uno. Contorneo tu abdomen, alargando los dedos hasta el nacimiento de Venus. 
Te seduzco lentamente. 
Atraigo tu cuerpo al mío, sin pegarlo; dejando que nuestro deseo crezca a la par. Finges que duermes, sabes que se que no estas dormida. Juegas a mi juego. De rodillas contra la cama, me yergo sobre ti. Te entregas sumisa. Mi sexo en tu intimidad, sientes cada poro de mi  entrar en tu interior. Todo tu cuerpo es una caldera. Te tomo de las caderas y te embisto tenazmente. 
Se que no podrás contenerme mucho más, entonces bajas mis ansías, disminuye los movimientos y acaricio tu espalda con determinación suave. 
Respiro y me concentro. Eres tú quién me eleva, y me manejas,  me quieres llevar al límite del abismo, y caer juntos.   
Sientes mi potencia abrirse paso entre tus ganas ansiosas, tu cuerpo tiembla apasionado. Nos entregamos al gozo máximo de explotar juntos. 
Una gota de espesa consistencia rodó por su muslo camino de las sábanas
Nos quedamos inmóviles, atesorando el recuerdo, tatuándolo bien dentro de nuestra memoria. Sabiendo -ambos- que pocas veces el unísono de las pieles y el deseo de mezclan.  Esa noche la recordaríamos, en ello está la razón de la vida

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