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20.12.14

La edad de la felicidad




Paloma me regalaba flores y plantas que cuidaba primorosamente en su ático de la calle Princesa. 
Sin ascensor, subía los siete pisos, a pata, escaleras arriba. Comíamos, nos besábamos y hacíamos la siesta. Desde su cama vislumbrábamos el precioso cielo de Madrid.


Miriam era pequeña, dulce y culta. Rubia, pecosa y con unos pechos que desafiaban la ley de la gravedad. Escribía novelas que enviaba a las editoriales. 
Tenía un gato grande que vivía en los tejados de los edificios vecinos 
Nos gustaba comer en los restaurantes chinos que había en el barrio. 
Sólo nos intoxicamos una vez, y lo resolvimos con dieta de agua y limón.

Alejandra, vino de un colegio de monjas de Teruel a vivir Madrid “la nuit”. 
Tuvo sus días de gloria como modelo y actriz de anuncios  por palabras y esas cosas. 
Luego pasó a la revista y a los cafés-cantantes, de ahí al topless, para terminar ganando buenos cuartos como cocotte de constructores y promotores inmobiliarios.

Macarena se compró un pisazo en un edificio rehabilitado en la calle Concilio de Trento y un mal día me despidió por teléfono diciendo que yo había sido su gran amor, pero que ya estaba bien de joder por el morro. 
Así, como suena. 
Y todo porque se había traído del pueblo a una sobrina, para servir en su casa, que estaba de toma pan y moja. Por lo visto, la criatura dijo a su tía que yo la miraba en demasía. ¡Qué error, qué inmenso error!

Terminé mi cafelito y dirigí mis pasos al metro para regresar a casa, pensando que  ya pasé la adolescencia las inseguridades y los caprichos

Estoy en esa edad en la que un hombre quiere, por encima de todo ser feliz cada día

2 comentarios:

  1. Ahora a descansar, jejejeje

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  2. Para eso no hay edad, Rodolfo!...no hay edad!
    =)

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