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12.10.13

" La joven de la Mallorquina "





'Relaxing cup of café con leche in La Mallorquina'

( foto tomada de Internet )



Sergio de toda la vida era un enamorado del chocolate con churros. Tenía la costumbre de ir todas las tardes a la cafetería "La Mallorquina" en la Puerta del Sol esquina a la Calle Mayor, de Madrid para merendar su chocolate con churros. 
La costumbre le viene niño, cuando sus padres de vez en cuando también le llevaban 
Luego ya casado con Alba iban siempre  incluso cuando su mujer empezó a enfermar. 
Cuando Alba murió, Sergio estaba tan acostumbrado a dirigirse a ese lugar a la misma hora todos los días,  a las 5  de la tarde que siempre estaba allí puntual.
Saludaba a Luis el veterano camarero. Se sentaba siempre en el mismo sitio. Sergio desde su mesa junto al ventanal podía observar todo lo que sucedía en la plaza. Y así, se pasaba todas las tardes con la media docena de churros, contemplando el mundo a un lado y otro del cristal 
Era un sábado, como hoy Sergio miró el reloj: las 17:13. Alzó la vista hacia la puerta de entrada.  Una  joven delgada y de tez pálida, vestida con un abrigo de paño y guantes de piel en las manos, que entró caminando decidida pero con la cabeza gacha, y se sentó en una mesa enfrente de Sergio. 
Pedía un vaso de agua, se quitaba los guantes y dejaba que su vista se perdiera mirando por el ventanal, hasta las 18:01. Volvía a ponerse los guantes, bebía el vaso de agua de un trago, y se marchaba rápidamente de la cafetería, dirigiendo una mirada de adiós disimulado a Sergio.

Al principio la mujer miraba el reloj una y otra vez, cómo esperando a alguien. 
Sergio decidió hacerle las tardes un poco más cómodas. Pidió a Luis que la sirviera un chocolate con churros todos los días, y lo cargara a su cuenta. La joven se volvió sorprendida hacia el camarero que le llevó la bandeja, y este señaló en dirección a Sergio. 
La mujer le miro con una expresión de sorpresa en el rostro, pero acto seguido sonrió y asintió, en forma de agradecimiento. Se comió los churros y bebió el chocolate con ganas. Después, siguió mirando por la ventana.

Una tarde gris de otoño, ella no apareció. Nadie entró por la puerta de La Mallorquina  a las 17:13 de cada tarde. Ni en ese día, ni nunca más.

Sergio seguía yendo todos los días a la cafetería, y no apartaba la mirada de la puerta en toda la tarde. A veces, daba un salto creyendo que era ella. Pero no, ninguna de las que entraba tenía ese andar, ni esa piel.

Un día, cuando Sergio se despedía, Luis le dijo: -¿Al final volvió, sabes?- Sergio puso cara de extrañeza, sin saber de qué le hablaba el camarero. -El marido de Cristina, finalmente volvió sano y salvo de la guerra de Afganistán .

Ese fue el último día que Sergio fue a La Mallorquina

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