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7.8.13

El ciprés de la mora


Arantza - Acrílico de hoy

Mario es mi amigo, es arqueólogo, esta historia me la contó hace un mes, ahora estoy tan descompuesto como él estaba cuando la contó. 

Mario fue a realizar trabajos de arqueología a un convento que existe en la Rioja cerca del Monasterio de Suso, trabajo de sol a sol. A medio día se fue a sentar a tomar un bocado y un refresco bajo un alto ciprés del claustro del  convento. Buscó acomodo que le preservara del sol, y al final simplemente se apoyó en su tronco ya que el sol incidía tan vertical sobre el ciprés que no proyectaba sombra alguna

Esa noche, habló con el hermano Ignacio, que cuidaba de su hospedaje y de una escueta cena monacal.
Al día siguiente, Mario al llegar al lugar de su trabajo, desconcertado vio cómo la cuadricula que había dejado replanteada el día anterior había sido modificada
Ahora se veían numerosas parcelas pequeñas en diferentes lugares de lo que fue el jardín del claustro
Mario enfadado se dirigió a el hermano Ignacio, único monje que quedaba en el monasterio
Hermano…¿por qué me ha hecho ésto..? le preguntó Mario
Qué pasa hombre de Dios ?. Venga conmigo
El hermano Ignacio al verlo, se giró y  dirigiéndose al ciprés  gritó: ¡ Todo era verdad..!
Mario no entendía nada

Venid, os contaré lo que era una leyenda y ahora se manifiesta como una historia: Hace cuatrocientos cincuenta años, este convento era la vida de toda la zona, su huerta, sus rebaños, hasta que …
Hasta que un día un monje se enamoró de una joven mora, se dice que su belleza se la había proporcionado el mismísimo diablo. El caso es que, el monje llevó y ocultó a la joven en un aposento del convento y cada noche se abandonaban a la carne y al fornicio hasta que la joven mora quedó embarazada
El hermano se asustó y quitó la vida a la hermosa mujer, una noche de luna llena, justo a los pies del ciprés del claustro; luego, abrió la tierra y la sepultó
El hermano días más tarde no superó su vergüenza, y se ahorcó. Fue enterrado en el jardín del claustro, que no es tierra santa

Entonces? dijo mi amigo Mario, las cordadas que ahora hay…señalan las tumbas de…?
¡ Pero si hay muchas !. Si, asentó el hermano Ignacio. Terminaré la historia
La joven mora, cada noche de luna llena recuperaba su cuerpo y seducía a un hermano que moría dulcemente entre sus brazos, con una tremenda erección que hacía difícil  introducirles en la caja mortuoria. El abad  fue la siguiente víctima veintiocho días después

En el convento se hacían corros en torno al ciprés y los hermanos hablaban más de la cara de felicidad de los difuntos, que de la desgracia que suponía morir de esa manera
Mientras el ciprés había dejado de dar sombra, ni la proyectaba al alba ni la proyectaba al atardecer
Y así es como lo sé y así es como os lo cuento. Esta historia, que yo la tomé como leyenda, pasó de boca en boca durante siglos entre los hermanos de este convento; ya sólo quedo yo y esta noche hay luna llena
¡ Qué sea lo que Dios quiera !
Mario, cuando me contaba toda esta historia no paraba de decir ¡ Si vieras ! 
¡ Si vieras la cara de felicidad que tenía el hermano Ignacio al día siguiente, muerto con esa tremenda erección, al pie del ciprés sin sombra !

3 comentarios:

  1. Bueno... no parece que sufrieran mucho en la agonía...

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  2. Leo esta historia cuando ya pasó la luna llena, entonces ¿ha vuelto a pasar?
    Brillante historia, menuda muerte.
    Un beso.

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  3. Las morenas tienen esta complicación: enamorarse de ellas es una condena jaja

    un abrazo

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