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30.4.12

Y tú todavía nos has perdido esa batalla



Iain Faulkner

Era el hombro en el que llorar; acudía a él, cuando todos los demás le fallaban y necesitaba encontrarse a sí misma. Él era el único  capaz de hacerla sonreír en sus malos momentos. 
Él recogía su pelo para que no se lo empapara de lágrimas, le daba su chaqueta cuando tenía frío y le pintaba caritas sonrientes en las muñecas para alegrarle los días. 
Era a él, al que ella llamaba a las tantas, porque no podía dormir, porque necesitaba mantener una de esas conversaciones, que carecían de sentido, pero que la dejaban con una sensación paz por dentro.  


El que cantaba bajo su ventana el día de su cumpleaños, para que tuviera un despertar tan cómico y único, como ella se merecía. 
El que la acompañaba a casa los viernes y le daba un abrazo de oso, para que las caras de esos gilipollas que la causaban inquietud se le olvidasen, aunque fuera por una noche. 
Él que se presentaba en su habitación con caramelos de violetas y  chocolate, en los días en los que ella se empeñaba en no salir al mundo exterior. 


El que llegaba a conocer a sus amantes, tan bien como ella. 
Esos amantes a los que odiaba, porque siempre acaban haciéndole daño, pero de los que nunca se atrevía prevenirle; él, siempre el encargado de borrar de ella todo rastro de dolor. 
Y él, el único, que tenía como propósito, el hacerla feliz. 
El que la acompañaba al cine a ver esas películas raras, que nadie más quería ver.  


Él era aquel que prefería no saber los nombres de las chicas a las que se llevaba a la cama, porque todas tenían el mismo nombre: Alba, Alba, Alba; aunque ninguna supiera a ella, ninguna fuera tan guapa, lista, ni especial como ella. 
Y es que, su mayor problema era ese: que estaba profunda, total e irremediablemente enamorado de Alba. Y por muy valiente que siempre se había creído, se dio cuenta de que valiente, es aquel, que tiene el coraje de decir “te quiero,” estando preparado para escuchar esas otras dos palabras, un poco más difíciles, “yo no.” Y él no quería perder a su Alba. 
Mientras él, que tenía la capacidad de hacerla verdaderamente feliz, se quedaría callado, a la sombra, como había hecho durante tantos años.

Y ahora yo me digo una cosa: “los hombres de paso seducen, los buenos enamoran.” 

Y espero que esto no se te olvide, porque ,cuando se quiere, se lucha, y tú todavía no has perdido esta batalla. 

7 comentarios:

  1. amigo AMIGO con toda la intensidad de su significado

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  2. Por miedo a perder lo tenemos, muchas veces nos limitamos a esconder nuestro sentir... ¿y si nos animamos??????

    Un abrazo.

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  3. Seguro no ha perdido la batalla.Sabes que conozco esta historia en otra persona -casi es smilar-y él nunca se iba de su lado,porque la amaba,además de ser su mejor amigo.Ella le necesitaba porque lo que encontró en él era tan grande que no podia haber sucedáneos.SOlo la sombra de otro amor absurdo de juventud,a ella le apartaba de tomar el verdadero tren de su vida.
    Pasados los años,ella le recuerda ,le recuerda,pero ese tren llegó a otra estación.
    Besucos

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  4. !Dios Javier!. Voy a leerlo otra vez.
    Miedo y dudas, amistad hasta el límite y amor mucho amor. Todo y a la vez nada.Se pierden demasiadas cosas por temor,lamentablemente.
    Un abrazo.

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  5. el pasatiempo favorito del destino suele ser jugar a cruzar vidas, pero a veces le sale el tiro por la culata porque de esos enredos que propicia quedan nudos que ni él puede deshacer
    un beso

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  6. A veces algo tan fácil se vuelve tan complicado y cuando lo ves claro es tarde... el destino es así, siempre va a la suya

    Besos

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  7. Me dejaste helada... Este escrito me da miedo, miedo de ser Alba, miedo de ser una Ella o quizá miedo de reconocer que ya lo he sido...

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